El estreno en la cartelera nacional de «¡Amigo, por ahí no es!», la comedia dirigida por Gino Tassara que prometía un divertido viaje de enredos entre amigos, generó una ola de comentarios negativos y descontento generalizado. Lejos de conectar con el público, la cinta se convirtió rápidamente en el centro de debates sobre el estado actual de nuestras producciones comerciales. ¿Qué era lo que la gente esperaba y por qué cayó tan Bajo el score de aceptación?
Desde antes de llegar a las salas, las expectativas del público ya estaban cargadas de escepticismo. Por un lado, la inclusión de rostros populares de las redes sociales —como la influencer Miranda Capurro en su primer rol protagónico— generó resistencia en sectores que sintieron que se priorizó la pantalla digital por encima de la formación actoral clásica. La gente acude al cine buscando entretenimiento de calidad, pero el antecedente de cintas comerciales basadas en figuras mediáticas suele encender las alarmas sobre productos apresurados.
Los críticos de cine no tardaron en destripar la propuesta tras su estreno. Portales especializados y analistas señalaron que la película carece de coherencia narrativa básica. Lejos de construir situaciones cómicas orgánicas, la propuesta recurre a un recurso agotado y molesto: personajes que gritan sin parar, se insultan de manera violenta en cada escena y cambian de humor de un segundo a otro sin ilación dramática. Críticos de plataformas como Cinesmero o Cinencuentro la calificaron sin rodeos como una de las experiencias más flojas del año, reportando incluso espectadores que decidieron abandonar la sala a mitad de la función ante el agobiante ruido y caos en pantalla.
¿Por qué falló y cómo se corrige?
El rechazo masivo a «¡Amigo, por ahí no es!» no nace de un desprecio antojadizo al cine nacional, sino del agotamiento del espectador frente a la «comedia de fórmula». El error principal de la película recayó en subestimar al público: se asumió que llenar la pantalla de gritos, rostros virales y clichés forzados bastaría para sostener un largometraje. La falta de un guion sólido, un dirección de actores deficiente y el abuso de dinámicas estridentes fracturaron cualquier conexión genuina.
Para futuras propuestas del cine comercial peruano, la solución pasa por un cambio de mirada radical. Es necesario entender que el público actual es más exigente, consume contenido global de alto nivel y ya no tolera productos hechos a la carrera. Si la industria quiere recuperar la confianza y la taquilla, debe apostar por un humor inteligente, invertir en procesos de escritura rigurosos, respetar los talleres de preparación actoral y dejar de lado la muleta fácil de la popularidad en redes. El cine popular peruano tiene potencial, pero demanda respeto por la inteligencia del espectador.

